Escribí esto cuando mi hermana cumplió 30 años. Esta semana yo cumplo 35 y he decidido publicarlo.
Te tengo una confesión:
El 14 de diciembre de 2019 por la noche estuve buen rato en una iglesia iluminada solamente por la vela del Santísimo. No había nadie más: sólo Él y yo. Y yo lloraba, y lloraba. Incapaz de escuchar, de parar. ¿Por qué has permitido esto? Por favor no me dejes sola que ahora tendré treinta y no estoy ni cerca de donde quiero.
Esa semana me compré mi primer suero para la cara. Pensaba que mi juventud se esfumaría, que mi cuerpo volvería a la fatiga, que los mejores años habían pasado y yo no los había aprovechado. Nadie hablaba bien de los treintas. Yo no conocía a casi nadie que fuera genuinamente feliz en los treintas. Quisiera comparar mis lágrimas con las de Joey en su cumpleaños, pero no era ni por asomo gracioso, sino trágico.
Me habían mentido. Quiero narrar algunas de las cosas que son mucho mejores en los treintas que en los veintes, y ciertamente mejores también que antes. Compilo lo que amigas mías y yo hemos hecho y que nos ayuda a decir que los treintas son nuestra mejor década hasta ahora. No es una lista exhaustiva, no podría serlo porque hay demasiados motivos para ser feliz en los treintas.
Salud
Mis veintes me forzaron a aprender a tratar bien mi cuerpo. Entre depresiones y hormonas, tardé bastantes años en conocerme. He aprendido la importancia de hacer hábitos:
- Beber más de dos litros de agua
- Disfrutar recetas sanas evitando alimentos procesados
- Manejar el estrés mejor cada día
- Defender mis 8 horas de sueño
- Hacer ejercicio con más constancia que intensidad
- Conocer mi ciclo y servirme de jengibre, cúrcuma y suplementos
- No tomar cualquier cosa
- Identificar las señales del cuerpo para proteger la salud
Hay quienes piensan que es molesto, pero tengo energía y ganas de moverme, de hacer cosas, de construir. Si me dejara caer, pronto crearía un problema de salud de difícil solución. Pero así no sólo evito enfermedades, también inflamación, acné, y hasta depresiones.
Carácter
A los treinta una tiene que saber lo que quiere. Ya pasamos por suficientes decepciones amorosas, problemas en el trabajo, con amistades que no lo eran, etc. como para no cambiar. No es que una se endurezca, aunque puede suceder. Es que una entiende que si no llega alguien que quiera hacer las cosas bien, es mejor que no dejemos entrar a nadie. Que si tenemos que pedir las cosas o poner límites con la voz más fuerte a riesgo de perder a alguien, vale la pena perderlo antes de perdernos a nosotras.
De pronto una adquiere mayor credibilidad por decir las mismas cosas que antes decía. Toma decisiones y son menos cuestionadas. Deja de hablar de usted y de disculparse innecesariamente. Clarifica las opiniones que pide y la que no. Endereza la espalda y defiende puntos de vista con una simple mirada.
Una aprende poco a poco a no dar explicaciones por cosas insignificantes, a no victimizarse sino a actuar, a identificar quien puede y quiere construir, a enfocarse en las personas que aportan algo y a ignorar un reloj que cada día significa menos.
Dinero
En los primeros veintes dependía del dinero de mis padres y no abundaba. Tuve la bendición de poder estudiar fuera, pero con grandes sacrificios. En los últimos veintes mis ahorros no me permitían dar pasos, pero no me faltaba nada.
Ahora, manejándome con prudencia, puedo salir de vacaciones, vivir experiencias, cenar con amigas y hacer regalos no caros sino significativos.
Aún más importante, si me enamoro es precisamente por amor. No estoy en un libro de Jane Austen y puedo valerme por mí misma.
Visión
Quitándonos la venda de los ojos, la vida se ha vuelto mucho mejor desde que cruzamos esa línea. En la amistad nos nutrimos y abundamos, en la reflexión descubrimos que Dios no nos deja ni nos dejará solas y sabemos que lo mejor en realidad está por venir.
